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Testimonio de María José (Death Café)

 

Yo soy María José, soy también estudiante de cuarto de enfermería y este año puedo estar aquí. El año pasado lo intenté, pero como tenía clases, solo pude estar un ratito.

Me siento muy vinculada a esto porque cuando yo tenía 15 años, mi padre fue a hacerse una radiografía porque tenía una costilla partida, y en el médico le dijeron que había algo malo, que lo mismo podía ser un resfriado que un cáncer. Así, de primeras, en la frente.

Entonces claro, yo tenía quince años y al principio no me contaron nada porque era la pequeña de la casa. Cuando mi madre, que por suerte es enfermera se informó. Yo cuento mi experiencia pero a la vez, como lo he vivido de una forma muy bonita, tanto para la gente de Portugal como para los que estamos aquí, creo que podemos aprender mucho porque yo me graduaba, y tuve que hablar con mi profesor porque mi padre no podía respirar bien, entonces desde el primer momento a mi padre le pusieron un sitio en primera fila para que pudiera verme graduar. Todos mis compañeros todos se fueron de fiesta a celebrarlo y yo a los quince minutos me  fui a casa porque mi padre no podía respirar.

Digo también que podemos aprender porque mi despedida fue muy bonita. Ese verano mi madre se cogió la baja, mi hermana no trabajaba y yo tampoco, por lo que pasamos dos meses enteros con él, lo que hizo que fuera una despedida maravillosa.

También decidimos entre todos que no iba a recibir quimioterapia, porque mi padre era una persona que se agobiaba mucho y le daba muchísimo miedo ir al hospital.

De hecho, todas las mañanas que tenía que ir al hospital a hacerse una prueba, nos inventábamos que lo llamaban urgente del hospital, porque si él sabía con antelación que tenía que ir a hacerse una prueba, el día de antes no dormía.

Cuando acabó el verano, él se murió. Duró dos meses y medio. Y fue tan bonito porque desde el principio mi hermana y yo pudimos participar junto a él en tomar la decisión final.

Mi padre ingresó un día en el hospital diciendo “me encuentro muy mal, me encuentro muy mal”, y cuando lo ingresaron en planta, me impresionó más la persona que había al lado, que mi propio padre. Porque mi padre aparentemente estaba perfecto, muy delgado pero muy bien. Entonces, cuando entré en esa habitación con 15  años y me encontré al compañero de al lado, que era un hombre mayor, cadavérico y sedado, mi primera impresión fue: “¿qué hace mi padre aquí? Pues al día siguiente, mi padre falleció y ese hombre no. Nadie se lo esperaba. 

Mi padre ingresó en el hospital muy bien, pero al día siguiente no era mi padre. Perdió la cabeza, no me reconocía. Mi madre no quería que entrara, pero yo entré. Y cuando murió, mi madre me dijo: “maría José, si te queda algo por decir, díselo, porque él te está escuchando. ¿Le quieres dar un beso? Va a estar muy frío”. Y lo hice, me despedí y le di un beso. Y me quedé tan tranquila, que por eso digo que puede servir de experiencia, porque son pequeños hechos que nosotros como profesionales podemos hacer con el resto de familias que se encuentren en esa situación. El decir “habla con él, ¿tienes algo que decirle?, ¿tienes algo que hacer?

Aunque fue muy bonito, realmente fue muy difícil, porque era mi padre. Él murió el día 1 de septiembre y el día 15 empezaba en un instituto nuevo en el que no conocía a nadie y, en mi pueblo me juzgaron por haberme quitado el luto, a mi madre, a mi hermana y a mí, y lo hicimos porque entre las tres teníamos que tirar del carro. Por suerte, estamos muy unidas, y creo que eso es algo que también ayuda mucho, el sentir un apoyo de tu familia, el poder hablarlo…

Y en diciembre de ese mismo año murió mi abuelo, y lo pasé muy mal, no por el hecho de que se muriera mi abuelo, sino porque todo me recordaba a mi padre. Y mira que yo quería a mi abuelo. Y ahí me entró mucha culpa y me daban muchos ataques de ansiedad. Pero mi madre me entendía. Cuando mis tías decían “pobrecita”, mi madre decía “no es por el abuelo, es porque su padre se murió hace nada”… y a los pocos meses se murió también mi tía y me volvió a pasar lo mismo. O sea, fue un año increíble… y desde entonces, no puedo pisar un cementerio, porque es algo que no puedo. No por nada, sino porque yo no pienso que mi padre esté ahí, yo pienso que mi padre está conmigo. Cada persona lo vive de una manera y yo lo vivo así. 

Algo muy curioso es que estoy tan unida a mi hermana que dormimos juntas y, al poco tiempo, mi hermana me decía “María José, esta noche he soñado con papá” y yo le decía “no me digas eso porque yo también”, nos contábamos lo que habíamos soñado y soñábamos lo mismo.

Y luego, ya conforme va pasando el tiempo, yo creo que es algo mental, pero como a mí me ayuda, prefiero creerlo. Cuando he tenido exámenes más importantes como el carné del coche, esa mañana yo decía, me huele a tabaco, me huele al tabaco de mi padre. Que a lo mejor es mental, pero es como una ayuda.

Entonces, ahora lo puedo contar con naturalidad y creo que como experiencia ha sido tan bonita porque me han dejado participar y como lo he vivido tan rápido pero tan bien, que creo que las pequeñas cosas como hablar con la familia nos pueden ayudar.

Y lo último ya, es que ahora, en las prácticas, como conmigo lo hicieron tan bien, a mí me gustaría dedicarme a esto, porque siento que puedo aportar cosas. Cuando entré en el hospital, yo solo he vivido dos muertes, pero  en las dos, las dos familias me dijeron lo mismo: gracias por estar aquí con nosotros y por preocuparte. Una de ellas fue el año pasado y, este año, el hijo, aunque solo sabía mi nombre, contactó conmigo por Facebook para decirme que hoy hacía un año de la muerte de su padre y quería darme las gracias por cómo lo había tratado. A mí eso como futura profesional me llega al alma. Así que estoy muy contenta y me ha gustado mucho compartir esta experiencia con vosotros.